Ruth

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Sin embargo, el señor Bradshaw puso freno al implícito encomio que de sí mismo estaba recitando (y solamente él podía ser la martingala de sí mismo, una vez que tomaba aquel camino), recordándose que podía ser arriesgado hacer que Jemimah se sintiera tan segura, enunciando los innumerables beneficios derivados de ser hija suya. En consecuencia, dijo:

—Pero creo que no eres consciente, Jemimah, de que no estás haciendo honor a la educación que te he transmitido, cuando causas una impresión como la que probablemente le has causado hoy al señor Farquhar para que hable de ti como lo ha hecho.

—Y ¿qué es lo qué ha dicho? —preguntó Jemimah apenas susurrando y con voz ronca por la ira contenida.

—Tu madre dice que dirigiéndose a ella le ha hecho la siguiente observación:

—¡Es un verdadero pecado que Jemimah no pueda sostener sus opiniones sin ceder a la pasión y que usted autorice, en vez de amansar, sus ataques de mala educación y de cólera!

—¿Ha dicho eso? —musitó Jemimah en un tono aún más bajo, no tanto preguntando a su padre como hablando consigo misma.


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