Ruth
Ruth Se sintió aliviada y complacida al ver un paquete marrón en la mesita del hall, junto a una carta en la que reconoció la letra de Ruth, remitida a su padre. Sabía de qué se trataba: el vestido gris de seda. Estaba segura de que Ruth no lo habría aceptado.
De ahí en adelante nadie logró incitar a Jemimah para que mantuviera una conversación con el señor Farquhar. Sospechaba maquinaciones e intrigas incluso en las más sencillas acciones y este continuo estado de recelo la volvía cada día más triste. Se impuso a sí misma la prohibición de sentir la más mínima empatía con el señor Farquhar, incluso cuando esgrimía cualquier argumento con el que estaba especialmente de acuerdo. Una tarde le escuchó hablar con su padre sobre los principios del comercio. El señor Bradshaw se distinguía por su modo de trabajar particularmente duro y agresivo, rozando los límites de la honestidad; si no fuera su padre, ella quizá hubiera pensado que su modo de hablar era totalmente incompatible con la conciencia cristiana. Estimaba necesario saber concluir negocios difíciles, exigiendo el pago con sus intereses pertinentes sin conceder exenciones. Éste era el único modo (así decía) de cerrar un negocio. Si se hubiera permitido un margen de incertidumbre —o se hubiera dejado guiar por los sentimientos—, en vez de por sus principios, habría perdido toda esperanza de convertirse en un buen hombre de negocios.