Ruth
Ruth —Me imaginé que se inventaría cualquier excusa para venir con nosotras —dijo la aguda Mary, que acostumbrada a observar con atención e imprudencia las relaciones amorosas, no hacía diferencia entre unas y otras y se olvidó del hecho de que sólo algunas semanas antes, había conjeturado con la posibilidad de un idilio entre él y Jemimah.
—¿De verdad? Yo no —replicó Elizabeth—. O por lo menos nunca me lo había planteado. Me quedé más bien sorprendida cuando he sentido los cascos de su caballo detrás de nosotros por el camino.
—Ha dicho que se dirigía a la granja y se ha ofrecido a llevar nuestra cesta. ¿No ha sido muy gentil por su parte? —Jemimah no respondió, así que Mary continuó:
—Has de saber que hay que subir una empinada cuesta hasta la granja y ya estábamos tan acaloradas… El camino era todo blanco y ardiente y me hacía terriblemente mal a los ojos. Me sentí tan aliviada cuando la señora Denbigh nos dio permiso para entrar en el bosque. Allí la luz era casi verde, porque las altas ramas que cubrían nuestras cabezas eran muy espesas.
—Y había enteras plantaciones de fresas silvestres —dijo Elizabeth prosiguiendo con el relato, ahora que Mary estaba sin aliento y se abanicaba con su sombrero.