Ruth
Ruth —TonterÃas —dijo el señor Bellingham—, el muchacho está vivo y es muy probable que sobreviva.
Pero la inconsolable anciana estaba desesperada e insistÃa en creer que su nieto estaba muerto. Y en verdad habrÃa muerto de no ser por Ruth y por uno o dos diligentes vecinos, que siguiendo las indicaciones del señor Bellingham, actuaron enérgicamente haciendo todo lo necesario para reanimarlo.
—¡Es increÃble cuánto tiempo emplea esta gente en traer un doctor! —dijo el señor Bellingham a Ruth.
Entre los dos habÃa brotado una especie de silenciosa alianza por ser únicamente ellos —niños aparte— quienes habÃan presenciado el accidente y porque un cierto nivel de educación les capacitaba para comprender los pensamientos y las palabras de los demás.