Ruth

Ruth

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—Creo que sería mejor que se quedara con todo por el momento. ¡Oh! Qué lugar tan terriblemente sucio es éste; no puedo soportar ni un minuto más. No debería usted quedarse aquí, la envenenará este aire abominable. Venga hacia la puerta, se lo ruego. Pues bien, si piensa que un soberano será suficiente me llevaré mi bolsa. Pero recuerde que puede dirigirse a mí si necesita cualquier ayuda.

Estaban de pie en la puerta, donde alguien cuidaba del caballo del señor Bellingham. Ruth contemplaba a éste con su mirada más ardiente (casi se había olvidado —desconcertada por los acontecimientos de aquella tarde— de la señora Mason y de su encargo) y toda su atención se centraba en descifrar y comprender su interés por la salud del pequeño; y hasta ese instante el niño había sido el único pensamiento del señor Bellingham. Pero en aquel momento la percepción de la extrema belleza de Ruth lo abrumó. Perdió casi por completo el conocimiento de lo que estaba diciendo, hasta ese punto se sintió fascinado. La noche anterior no había visto sus ojos que ahora le miraban con inocencia, pero ardiente y profundamente. Entonces Ruth, intuyendo ese cambio de expresión en su rostro, entrecerró sus grandes ojos veladamente; y él la encontró todavía más bella.

Sintió entonces un impulso irresistible temiendo no volver a verla en mucho tiempo.


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