Ruth

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—¡No! —dijo—. Creo que es mejor que se quede con la bolsa. El pobre muchacho podría necesitar muchas cosas que ahora no podemos prever. Si mal no recuerdo hay tres soberanos y alguna moneda suelta. Quizá pueda verla de nuevo transcurridos unos días y si aún le sobra dinero me lo podrá usted devolver.

—Oh, sí señor —dijo consciente de las necesidades que podría cubrir, y sin embargo aún asustada por la responsabilidad de tener tanto dinero en su poder.

—¿Existe alguna posibilidad de encontrarnos de nuevo en esta casa? —preguntó él.

—Espero venir cada vez que pueda, señor, pero ahora debo hacer con urgencia mis recados y no sé cuándo podré regresar.

—¡Oh! —el señor Bellingham no comprendió del todo su respuesta—, me gustaría saber cómo evoluciona el pequeño, si no es demasiada molestia; ¿no pasea usted nunca?

—No por el simple placer de pasear, señor.

—Bueno —dijo—, entonces supongo que irá a la iglesia. Espero que la señora Mason no la haga trabajar en domingo.

—Oh, no señor. Voy a la iglesia regularmente.

—Entonces, quizá podría ser tan gentil de decirme a qué iglesia va, para poder verla allí el próximo domingo al atardecer.


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