Ruth
Ruth —¡Rogad por mÃ! —suspiró al verla.
Y en aquel instante, donde el páramo descendÃa dulcemente hasta rozar la arena, vio una figura moverse en dirección a la gran sombra proyectada por las rocas, y dirigirse hacia el lugar en el que el sendero que venÃa de Eagle’s Crag desembocaba en la playa.
—¡Es él! —dijo para sÃ.
Y se giró, mirando hacia el mar. La marea habÃa cambiado; las olas se retiraban lentamente, como si se negaran a perder la presa que, sólo hasta momentos antes, con rápidas cabriolas, habÃan conquistado sobre la arena dorada. El eterno lamento que emitÃan desde el inicio de los tiempos, henchÃa sus oÃdos, interrumpido únicamente por el bullicio de las aves marinas que se posaban en bandadas al borde del agua o alzando el vuelo con un movimiento comedido y equilibrado, y la luz del sol alcanzaba su blanco pecho. No habÃa rastro de seres humanos a la vista: ninguna barca, ninguna vela en la lontananza, ni una sola embarcación para la pesca de camarones. Aquel poste negro era el único indicativo de actividad o de trabajo del hombre. Más allá de aquella extensión de agua, un pequeño grupo de colinas de un color gris claro, aparecÃan como un velo sutil, con sus cimas apenas diferenciadas y sus bases perdidas en una bruma vaporosa.