Ruth
Ruth Su conciencia, turbada y temerosa, le había vuelto más rígido y severo que nunca, como si quisiera acallar todas aquellas desconcertantes y calumniosas chácharas ciudadanas sobre él, a través de una renovada austeridad ética: que aquel señor Bradshaw de pobre integridad moral de un mes de locura y agitación, no se confundiera con el otro señor Bradshaw escrupulosamente concienzudo y profundamente religioso que asistía a misa dos veces al día y donaba talones de cien libras a obras de caridad de la ciudad, como una especie de ofrenda gratificante que le garantizaría un buen final.