Ruth

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El señor Bellingham estaba ya en posesión de un patrimonio relativamente pequeño que había heredado de su padre; su madre era propietaria de unos bienes que le daban para vivir y tenía una renta que le consentía viciar y controlar al hijo —incluso cuando ya era todo un hombre— tal cual le motivaba su índole inconstante y su gran sed de poder.

Incluso si el señor Bellingham hubiera sido desleal en su comportamiento hacia la madre y no la hubiera complacido mínimamente, el amor apasionado que ella tenía por él, la habría —en cualquier modo— inducido a despojarse de todos sus bienes para acrecentar la nobleza y felicidad de su hijo. Pero si bien éste sentía por ella el afecto más caluroso, la indiferencia hacia el resto que ella le había enseñado (quizá más con su ejemplo que con sus preceptos), lo empujaba continuamente a hacer cosas que ella recibía —por el momento—, como enfrentamientos mortales. Se burlaba del reverendo por el que su madre sentía una estima particular, a veces incluso estando él presente; se negaba —meses y meses— a participar de las lecciones de su madre y cuando finalmente asistía, desconcertaba a los niños preguntando las cosas más absurdas que conseguía imaginar.



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