Ruth
Ruth —¡No puedo soportarlo! ¡No puedo soportarlo! —repitió él—. Usted debe soportarlo, madame. ¿Acaso cree que su hijo está exento de las culpas de su nacimiento? ¿Cree quizá que podrá librarse de la humillación y de los reproches? ¿Piensa que podrá ser considerado como los demás muchachos que no están manchados ni marcados por el pecado desde su nacimiento? Cada una de las personas de Eccleston debe saber quién es él. ¿Piensa que se ahorrarán el desprecio? ¡No puedo soportarlo! ¡Por supuesto! Antes de caer en el pecado deberÃa haber valorado si serÃa capaz de soportar sus consecuencias. DeberÃa haber sospechado que su progenie serÃa humillada y repudiada, tanto, que lo mejor que podrÃa sucederle serÃa la pérdida del sentido de la vergüenza, la muerte de toda consciencia de culpabilidad, por amor de su madre.
Ruth habló abiertamente. Era como una bestia salvaje con la espalda contra el muro pero ahora sin miedo:
—Me encomiendo a Dios contra una tal trágica ventura para mi hijo. Me encomiendo a Dios para que me ayude. ¡Soy una madre, y en cuanto tal, imploro a Dios su ayuda! Una ayuda para mantener a mi niño bajo Su mirada misericordiosa, y para elevarlo a Su santo respeto. ¡Que el deshonor recaiga sobre mÃ! ¡Yo me lo he buscado, pero él! ¡Leonard es tan bueno e inocente!