Ruth
Ruth —Te olvidas, hijo mÃo —dijo Ruth con el tono más dulce y melancólico que se haya escuchado nunca—, que te lo he dicho yo misma; te lo he dicho porque es cierto.
Leonard puso sus brazos alrededor de ella hundiendo el rostro en su pecho. Ella lo sentÃa jadear como un animal cazado. No tenÃa ningún consuelo balsámico que ofrecerle.
¡Oh, si estuvieran muertos!
Finalmente, exhausto, quedó tan calmado e inmóvil que Ruth tenÃa miedo de mirarlo. QuerÃa que él le hablara, si bien temÃa sus primeras palabras. Le besó los cabellos, la cabeza, la ropa, murmurando suavemente sonidos desarticulados y gemidos.
—Leonard —dijo— ¡Leonard, mÃrame! ¡Leonard, mÃrame!
Pero él simplemente la estrechó con más fuerza, escondiendo aún más su rostro.
—¡Hijo mÃo! —exclamó— ¿Qué puedo hacer o decir? Si te dijera que no debes preocuparte —que no es nada— estarÃa mintiéndote. He arrojado sobre ti una horrible vergüenza y un dolor inmenso. Una vergüenza, Leonard, por mi culpa, tu madre; pero Leonard, no hay deshonor ni infamia en ti a ojos de Dios.
Ahora hablaba como si hubiese encontrado el modo para conseguir calmarlo y darle fuerzas.