Ruth

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—¡Dios te bendiga, hijo mío! Si ello te hace reír, ya pueden gritarme a través del cuerno de un carnero, que jamás admitiré que me he quedado sorda. Al menos puedo ser útil —continuó hablando para sí misma— si consigo sacarle una sonrisa a este pobre muchacho.

Si por un lado Sally esperaba ser la confidente de todos, por el otro, hizo de Leonard el suyo.

—¡Ven aquí! —le dijo un sábado al atardecer, tras regresar de la compra—. ¡Mira, jovencito! ¡Aquí tengo cuarenta y dos libras, siete chelines y dos centavos! ¿Es mucho dinero, no? Lo tengo todo en monedas de oro, por miedo a un incendio.

—¿Para qué son, Sally? —preguntó Leonard.

—¡Ey, jovencito, qué preguntas son ésas! Son del señor Benson —dijo misteriosamente—, las guardo para él. ¿Sabes si está en el estudio?

—Sí, creo que sí. ¿Dónde las guardas?

—¡No te preocupes!

Se dirigió veloz hacia el estudio, pero arrepintiéndose de haber sido tan dura con su tesoro, negándole la gratificación de la curiosidad, volvió sobre sus pasos y dijo:

—Te lo diré, si quieres, pero tendrás que hacer un trabajillo para mí, uno de estos días. Necesito un marco para un trozo de papel.


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