Ruth

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—¡No! Eso ya lo sé; pero lo tenía yo. ¿No recuerda que me aumentó el sueldo por San Martín[106], hace ya dieciocho años? Usted y la señorita Faith insistieron y yo era demasiado respetuosa con ustedes. ¡Pues mire! Lo he ido metiendo en el banco. No lo habría tocado jamás, y si hubiera muerto, no hubiera habido problemas, pues he hecho testamento, regular e inflexible, con un abogado (o al menos debería haberse convertido en abogado, si no hubiera tenido que marcharse). Y ahora, he pensado: lo saco del banco y se lo doy. Los bancos no son siempre seguros.

—Me ocuparé del dinero con mucho gusto. Pero, ¿sabe usted que los bancos dan intereses?

—¿Acaso cree que no sé nada de intereses a mi edad? Le digo que quiero que lo gaste. Es suyo, no mío. Siempre ha sido suyo. Ahora, ¿no querrá usted enfadarme diciendo que es mío?

El señor Benson puso su mano sobre la de ella porque no encontraba las palabras. Sally se inclinó hacia él, que permanecía sentado, y le besó.

—¡Ey, Dios le bendiga, jovencito! ¡Es su primer beso desde que era usted un muchacho, y es un gran alivio! Y ahora, ¿no se les ocurrirá a la señorita Faith y a usted, importunarme con alguno de sus discursos, verdad? Es simplemente suyo, sin más dilación.


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