Ruth
Ruth Terminado el marco, el testamento fue colgado frente a su cama, desconocida para todos excepto para Leonard; y, a fuerza de leerlo una y otra vez, Sally aprendió todas las palabras, salvo «testadora», que continuaba pronunciando «tostadora». El señor Benson estaba muy agradecido y conmovido por aquel incondicional regalo de Sally como para rechazarlo; pero lo tomó como un depósito hasta que no encontrara una inversión segura adecuada a aquella modesta suma. El pequeño reajuste de los gastos domésticos no le afectó tanto como a las mujeres de la casa. Era consciente de que la cena a base de carne no era cosa de todos los días; pero él prefería el pudin y las verduras, por tanto, estaba feliz con el cambio. Notaba también que al atardecer permanecían juntos en la cocina con la alacena bien limpia, las sartenes relucientes, la parrilla repulida en negro y la chimenea blanquecina con el calor que provenía de sus losas de piedra, iluminando de rojo hasta los rincones más alejados. Aquella estampa se le antojaba un comedor muy acogedor y agradable. Además, le parecía justo que Sally, a su avanzada edad, tuviera la compañía de aquéllos con los que había vivido en amor y confianza por tantos años. Deseaba simplemente poder dejar más a menudo la comodidad solitaria de su estudio para unirse a ellos y participar de la fiesta en la cocina donde Sally se sentaba como una patraña en el rincón de la chimenea, tejiendo a la luz del fuego mientras la señorita Benson y Ruth —con una vela entre la dos— cosían absortas en sus propias labores, y Leonard ocupaba la amplia mesa con su pizarra y sus libros. No se deprimía ni se lamentaba por sus deberes: eran lo único que le distraía. Su madre aún le impartía lecciones aunque cada vez con mayor fatiga para sus capacidades y sus fuerzas. El señor Benson se percató de ello pero prefirió posponer su ayuda confiando en que antes de que ésta fuera inexcusable, Ruth encontraría una ocupación, aparte de aquellos trabajos ocasionales.