Ruth
Ruth —No piense usted que mi intención es obligarle a ver como un recuerdo lo que puede ser una invención. Si no lo ha firmado usted, ¿quién puede haberlo hecho? Se lo pregunto una vez más: ¿no tiene usted, ni siquiera un pequeño destello de haber necesitado el dinero, digamos… Nunca entendà que rechazara mi aportación a la iglesia, ¡Dios es testigo!… de haber vendido estas malditas acciones? ¡Oh! Interpreto por sus gestos que no lo ha firmado usted: no es necesario que diga nada más. Lo sé.
Mientras pronunciaba estas últimas palabras, se desplomó sobre la silla que estaba junto a él. Su cuerpo se relajó. Pero al instante, volvió a ponerse en pie, rÃgido como una flecha, de frente al señor Benson, que no lograba entender el motivo de la agitación de aquel hombre austero.
—¿Mantiene usted, entonces, que no ha escrito estas palabras? —preguntó indicando la firma con mano segura.
—¡Mi querido y viejo amigo! —exclamó el señor Benson—. Se está usted precipitando hacia una conclusión que no tiene fundamento, estoy convencido; no hay razones para suponer que…
—Hay razones, señor. No se angustie: estoy muy tranquilo.
Su pétrea mirada y su rostro inmóvil aparecÃan verdaderamente inflexibles.