Ruth
Ruth —Para ti, jovencito. Cuando llegues a la vejez, podrás leer con orgullo y placer este testimonio sobre la noble conducta de tu madre. Porque, en verdad —prosiguió girándose hacia Jemimah—, no se puede expresar con palabras la ayuda que ha supuesto para nosotros. Hablo en nombre de los caballeros que componen el Consejo hospitalario. Cuando la señora Denbigh apareció, el pánico estaba en su punto más álgido y la preocupación por la enfermedad, agravaba el caos. La pobre gente morÃa rápidamente; ni siquiera habÃa tiempo de ubicar los cadáveres antes de que llegaran más enfermos que debÃan ocupar sus camillas, y debido al pánico general era casi imposible encontrar apoyos. La mañana en la que la señora Denbigh nos ofreció sus servicios, estábamos en nuestro peor momento. No olvidaré jamás la sensación de alivio que sentà cuando nos comunicó su decisión, pero consideramos oportuno advertirla de los riesgos que correrÃa…
—No, madame —dijo notando que Ruth se ruborizaba—. Le ahorraré otros elogios. Solamente diré que si me concede el privilegio de considerarme su amigo, o amigo de su hijo, podrá disponer plenamente de mi modesto poder.