Ruth
Ruth —¡Ciertamente, la humanidad se ha vuelto loca! No logro entender por qué debemos esforzarnos en mantener a los hombres en este mundo. Le he regalado a este colega un jugoso tema del que hablar confidencialmente con sus pacientes. ¡Qué lástima! ¡Qué vergüenza! ¿Por qué ha sido envidado aquí aquel caballero para hacerle correr el riesgo de morir por él? Es más, ¿por qué ha tenido que venir a este mundo, con qué propósito?
A decir verdad, aunque el señor Davis se esforzara con toda su competencia profesional y por más que todos pudieran velar, rezar y llorar, era más que evidente que Ruth «yacía en casa y solicitaba gracia». ¡Pobrecita, pobrecita Ruth!