Ruth
Ruth Muchos años atrás, en lo alto de una de esas escalinatas —junto a una vidriera (a través de la cual la luz de la luna se filtraba con esplendor variopinto)— encontramos a Ruth Hilton subiendo sofocadamente las escaleras en una noche de enero. Digo noche, pero en rigor era madrugada. Las dos en punto de la mañana repicaron en las viejas campanas de St. Saviour. No obstante, en el cuarto en el cual Ruth se adentró, se hallaban sentadas cosiendo afanosamente —como si les fuera la vida en ello—, más de una docena de muchachas, sin atreverse a bostezar o mostrar cualquier manifestación de somnolencia. Emitieron sólo un leve suspiro cuando Ruth, de vuelta de un encargo, comunicó a la señora Mason que ya era de madrugada; sabÃan que por muy tarde que se mantuvieran en pie, el horario de trabajo del dÃa siguiente comenzarÃa igualmente a las ocho, y sus jóvenes brazos estaban ya demasiado fatigados.
La señora Mason trabajaba con ahÃnco, tan duro como cualquiera de las aprendices. Aunque era ya casi una anciana, su laboriosidad era infatigable, y además, las ganancias eran para ella. Sin embargo, incluso la propia señora Mason comprendió que era necesario un poco de reposo.