Vida de Charlotte Bronte

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Quienes hayan estudiado los escritos de Charlotte Brontë (ya sean las obras publicadas o las cartas), quienes hayan disfrutado del raro privilegio de oírla hablar, sin duda habrán observado su singular acierto en la elección de las palabras. Ponía sumo cuidado en este punto al escribir sus libros. Una frase era la imagen exacta de su pensamiento; y no lo eran en cambio otras, aunque su significado pareciera idéntico. Sentía verdadero respeto práctico por la simple y sagrada fidelidad expresiva que el señor Trench76 ha impuesto, como un deber que se olvida con facilidad. Ella buscaba el término preciso y esperaba con paciencia hasta que se le ocurría. Podía ser regional o derivarse del latín. No le importaba su origen, siempre que correspondiera exactamente a la idea que quería expresar. Pero ese cuidado da a su estilo el acabado de un mosaico. Cada elemento, por pequeño que sea, está en el lugar correcto. Charlotte no escribía nunca una frase hasta que entendía claramente lo que quería decir y había elegido parsimoniosamente las palabras y las había ordenado de la forma correcta. De ahí que en los borradores a lápiz que he visto haya alguna que otra frase tachada, pero rara vez, si es que alguna, una palabra o una expresión. Escribía en hojas de papel pequeñas con letra minúscula; sujetaba la hoja en una tabla a modo de escritorio, como se hace para encuadernar libros. Era un sistema necesario para alguien tan miope como ella; y además le permitía escribir a lápiz sentada junto al fuego al atardecer, y cuando pasaba horas en vela por la noche (algo bastante frecuente). Luego copiaba los borradores de los manuscritos terminados, con letra clara y legible, de delicados trazos, casi tan clara como la letra de imprenta.


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