Fuego y Sangre
Fuego y Sangre El cielo sobre la desembocadura del Aguasnegras era gris y pesado, cargado con el presagio de la tormenta que se avecinaba. Allí, en una aldea de pescadores rodeada por tres colinas cubiertas de maleza, Aegon Targaryen y sus hermanas desembarcaron con su ejército. Eran pocos, pero no necesitaban más. Traían dragones.
—Aquí empieza todo —murmuró Rhaenys, acariciando el cuello de Meraxes, su dragón plateado, que resoplaba con impaciencia.
Visenya asintió, su mirada fija en el horizonte. —El mundo nunca será el mismo después de esto.
Aegon clavó su estandarte en la tierra. Un dragón tricéfalo de gules sobre un campo negro ondeó en el viento. Los habitantes de la aldea, aterrorizados, se arrodillaron, sus ojos desorbitados por el temor. No sabían si postrarse ante los dragones o huir al mar. Aegon no dijo nada. El mensaje estaba claro: someteos o seréis cenizas.
Pronto, los primeros enfrentamientos comenzaron. Harren el Negro, el despiadado señor de Harrenhal, había construido su castillo con la ambición de ser eterno. Sus muros eran altos, gruesos, e imbuidos con el miedo de aquellos que murieron construyéndolos. Pero ni siquiera Harren el Negro podía prever lo que los dragones traían consigo.
