Fuego y Sangre
Fuego y Sangre —¡Este es mi reino! —gritó desde lo alto de sus almenas, el viento llevando su voz hasta los campos donde las tropas de Aegon se preparaban.
Aegon respondió desde lo alto de Balerion, el Terror Negro. —Entonces observa cómo tu reino arde.
El fuego cayó del cielo como un juicio divino. Las piedras de Harrenhal, consideradas invulnerables, se derritieron bajo las llamas de Balerion. Los hombres huyeron gritando, pero no había escape. Al final del día, Harren el Negro no era más que cenizas entre las ruinas de su ambición.
Mientras tanto, al sur, Argilac el Arrogante, último rey de la Tormenta, intentó resistir. Su orgullo era tan fuerte como sus muros, y su ejército, aunque debilitado, estaba decidido a morir antes que rendirse. En un último intento de negociar, envió la mano de su hija a Aegon como símbolo de alianza, pero lo hizo de la manera más ofensiva posible: cortada y metida en una caja.
—Estas son las únicas manos que pienso conceder a tu bastardo —decía la nota que acompañaba el macabro regalo.
Visenya apretó los dientes al leerla. —Esto no es guerra. Es un insulto.
—Y será respondido con fuego —dijo Aegon, su voz como el acero.
