El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia —Me gustarÃa pediros consejo porque no sé qué hacer.
Rodan estaba de pie con las piernas abiertas y por debajo de la chaqueta de cuero entreabierta se adivinaba su pecho velludo.
La figura delgada y pálida de Maton le sonrió y le saludó con afabilidad.
—¿Qué necedades habrás cometido para venir a pedir los favores del prestamista de oro? ¿Has tenido mala suerte en el juego? ¿Acaso alguna mujer te ha desplumado hábilmente? Desde que te conozco, nunca has solicitado mi ayuda para resolver tus problemas.
—No, no, nada de eso. No busco oro. He venido porque espero que puedas darme un sabio consejo.
—¡Escuchad, escuchad lo que dice este hombre! Nadie viene a ver al prestamista de oro para que le dé un consejo. Mis oÃdos me están jugando una mala pasada.
—Oyen correctamente.
—¿Cómo es posible? Rodan, el fabricante de lanzas, es más astuto que nadie. Por eso visita a Maton, no para pedirle que le preste oro, sino para pedirle consejo.
»Hay muchos hombres que vienen a pedirme oro para pagar sus caprichos pero no quieren que los aconseje. Pero, ¿quién mejor que el prestamista para aconsejar a los muchos hombres que acuden a él?