El hombre más rico de Babilonia

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»El granjero, que entendía lo que decían los animales entre ellos, todas las noches se paraba sólo para escuchar lo que hablaban. Una noche oyó al buey quejarse al asno de la dureza de su destino: Arrastro el arado desde la mañana hasta la noche. Poco importa que haga calor, que esté cansado o que la yunta me irrite el cuello, igualmente tengo que trabajar. En cambio, tú eres una criatura hecha para el ocio. Decorado con una manta de colores, no tienes otra cosa que hacer que llevar a nuestro amo adonde desee ir. Cuando no va a ninguna parte, descansas y paces durante todo el día.

»El asno, a pesar de sus peligrosos cascos, era de naturaleza buena y simpatizaba con el buey. Amigo mío —respondió—, trabajas mucho y me gustaría aliviar tu suerte. Así que, voy a contarte cómo puedes tener un día de descanso. Por la mañana, cuando venga a buscarte el esclavo para la labranza, tiéndete en el suelo y empieza a mugir sin cesar para que diga que estás enfermo y que no puedes trabajar.

»Entonces, el buey siguió el consejo del asno y a la mañana siguiente, el esclavo se dirigió a la granja y le dijo al granjero que el buey estaba enfermo y que no podía arrastrar el arado.

»En este caso, dijo el granjero, unce al asno pues igualmente hay que labrar la tierra.


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