El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia —Me has contado muchas historias interesantes pero no has contestado a mi pregunta. ¿Debo o no debo prestar las cincuenta monedas de oro a mi hermana y a su marido? ¡Tienen tanto valor para mí!
—Tu hermana es una mujer valiente y le tengo mucha estima. Si su marido viniera a verme para pedirme cincuenta monedas de oro, le preguntaría para qué iba a emplearlas.
»Si me contestara que quiere hacerse mercader como yo y tener una tienda de joyas y de muebles, le diría: “¿conoces este oficio? ¿Sabes dónde se puede comprar barato?”.
»¿Acaso podría responder afirmativamente a todas estas preguntas?
—No, no podría —admitió Rodan—. Me ayudó mucho a fabricar lanzas y también ayudó en otras tiendas.
—Entonces, le diría que su objetivo no es sensato. Los mercaderes tienen que aprender su oficio. Su ambición, más que encomiable, no es lógica y por lo tanto, no le prestaría dinero.
»Pero supongamos que dice: “Sí, ayudé mucho a los mercaderes. Sé cómo ir a Esmirna para comprar a bajo precio las alfombras que las mujeres tejen. Además, conozco a los ricos de Babilonia a quien puedo vender y así obtener grandes beneficios”.