El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia »Mi nueva casa era de mi agrado. Nana-naid, mi amo, me enseñó a moler la cebada en un cuenco de piedra del pato, a hacer un fuego en el horno y finalmente a moler muy fina la harina de sésamo para hacer los pasteles de miel. Yo dormía en el granero en que guardaba el cereal. La vieja esclava, la criada Swasti, me alimentaba bien y estaba contenta de que le ayudara a hacer las tareas más difíciles.
»Esa era la oportunidad de ser útil a mi amo que había deseado ardientemente y en ella esperaba encontrar una vía para ganar mi libertad.
»Pedí a Nana-naid que me enseñara a amasar y cocer el pan, y lo hizo, contento por mi buena voluntad. Más tarde, cuando ya dominaba estas técnicas le pedí que me mostrara cómo hacer los pasteles de miel y pronto hice toda la pastelería. Mi amo estaba contento de poder no hacer nada pero Swasti sacudía la cabeza en signo de desaprobación. “No es bueno para ningún hombre estar sin trabajar”, declaraba.
»Pensé que era el momento de empezar a pensar en una manera de ganar las monedas para comprar mi libertad. Como acababa mi trabajo a mediodía, pensé que Nana-naid estaría de acuerdo en que buscara un empleo provechoso para las tardes, trabajo del que podríamos compartir los beneficios. Después tuve una idea: ¿por qué no hacer más pasteles de miel y venderlos a los hombres hambrientos en las calles de la ciudad?