El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia »—Se aprende a golpes —gruñó—, ¿cómo has podido confiar en un fabricante de ladrillos sobre una cuestión de joyas? ¿IrÃas a ver al panadero por un asunto de las estrellas? Seguro que no, si pensaras un poco irÃas a ver a un astrónomo. Has perdido tus ahorros, mi joven amigo; has cortado tu árbol de la riqueza de raÃz. Pero planta otro. Y la próxima vez, si quieres un consejo sobre joyas, ve a ver a un joyero. Si quieres saber la verdad sobre los corderos, ve a ver al pastor. Los consejos son una cosa que se da gratuitamente, pero toma tan sólo los buenos. Quien pide consejo sobre sus ahorros a alguien que no es entendido en la materia habrá de pagar con sus economÃas el precio de la falsedad de los consejos.
»Tras decir esto, se fue.
»Y pasó como él habÃa predicho, pues los fenicios resultaron ser unos canallas, y habÃan vendido a Azmur trozos de vidrio sin valor que parecÃan piedras preciosas. Pero, como me habÃa indicado Algamish, volvà a ahorrar una moneda de cobre de cada diez que ganaba ya que me habÃa acostumbrado y no me era difÃcil.
»Doce meses más tarde, Algamish volvió a la sala de los escribas y se dirigió a mÃ.
»—¿Qué progresos has realizado desde la última vez que te vi?