El hombre más rico de Babilonia

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—La riqueza aumenta cada vez que los hombres gastan sus energías —respondió Arkad—. Si un hombre rico se construye un nuevo palacio, ¿se pierde el oro con el que paga? No, el fabricante de ladrillos tiene una parte, el trabajador otra, el artista la suya. Y todos los que trabajan, en la construcción del palacio reciben una parte. Y cuando el palacio está terminado, ¿acaso no tiene el valor de lo que ha costado? ¿Y el terreno sobre el que está construido no adquiere por este hecho más valor? La riqueza crece de manera mágica. Ningún hombre puede predecir su límite. ¿Acaso no han levantado los fenicios grandes ciudades en áridas costas gracias a las riquezas traídas por sus barcos mercantes?

—¿Qué nos aconsejas para que nosotros también nos hagamos ricos? —preguntó uno de los amigos—. Los años han ido pasando, ya no somos jóvenes y no tenemos dinero que ahorrar.

—Os recomiendo que pongáis en práctica los sabios principios de Algamish; y decíos: una parte de todo lo que gano me revierte y la he de conservar. Decíoslo cuando os levantéis, decíoslo al mediodía, decíoslo por la tarde, decíoslo cada hora de cada día. Repetidlo hasta que estas palabras resalten como letras de fuego en el cielo.


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