El hombre más rico de Babilonia
El hombre más rico de Babilonia —No me importa admitir que ella no pareció darse cuenta de que yo estaba allà —contestó el joven sumándose a las risas de los demás—. ¿Y vos? ¿La encontrasteis esperando para hacer que los dados rodasen a vuestro favor? Estamos deseosos de escuchar y de aprender.
—Un buen principio —interrumpió Arkad—. Estamos aquà para examinar todos los aspectos de cada cuestión. Ignorar las salas de juego serÃa como olvidar un instinto común en casi todos los hombres: la tentación de arriesgar una pequeña cantidad de dinero esperando conseguir mucho.
—Eso me recuerda las carreras de caballos de ayer —gritó uno de los asistentes—. Si la diosa frecuenta las salas de juego, seguramente no dejará de lado las carreras, con esos carros dorados y caballos espumadores. Es un gran espectáculo. Decidnos sinceramente, Arkad, ¿ayer la diosa no os murmuró que apostarais a los caballos grises de NÃnive? Yo estaba justo detrás de vos, y no daba crédito a mis oÃdos cuando os escuché apostar a los grises. Sabéis tan bien como nosotros que no existe ningún tronco en toda AsirÃa capaz de llegar antes a la meta que nuestras queridas yeguas en una carrera honesta.