El Gatopardo
El Gatopardo —¿Sabe, PrÃncipe?, a veces creo que usted es el único que de verdad entiende lo que está pasando —le dice Angelica en un paseo por el jardÃn.
—Y sin embargo, no hago nada para evitarlo —responde él, con una media sonrisa.
La boda se posterga, como si todos quisieran prolongar ese estado de suspensión donde aún se puede fingir que nada ha cambiado. Pero el aire ya huele distinto. Ya no es incienso ni humedad de cortinas viejas. Es otro perfume: el del siglo que viene, lleno de ruido y velocidad.
Tancredi, cada vez más activo en polÃtica, empieza a ausentarse con frecuencia. Angelica, aunque lo nota, no se inmuta. Ella también entiende que el matrimonio es una plataforma, no una celda. Juntos dominarán desde adentro el nuevo orden, como los Salina lo hicieron con el viejo.
Y el PrÃncipe, silencioso testigo de este pacto entre belleza y estrategia, siente que su rol ya no es gobernar... sino recordar.