El Gatopardo
El Gatopardo Tancredi, por su parte, juega su rol con maestrÃa. Ama a Angelica, sÃ, pero también ama su inteligencia para los sÃmbolos del poder. Ella sabe cuándo hablar, cuándo callar, cuándo dejarse ver. Ambos entienden que su unión no es solo personal: es polÃtica, es histórica.
Durante las semanas siguientes, Angelica se convierte en la protagonista de todas las reuniones, eclipsando incluso a los Salina de sangre. La princesa MarÃa Stella apenas la tolera. Las hijas del PrÃncipe, encerradas en sus rituales de bordado y misas interminables, la miran con una mezcla de envidia y desconcierto.
En una cena, Don Calogero Sedà ra, más torpe que nunca, intenta hablar de negocios y polÃtica con un tono altanero. Don Fabrizio lo deja hablar. No porque le interese, sino porque ya ha aceptado su lugar en la comedia. La escena es grotesca, pero real.
—Antes los poderosos eran refinados y crueles —piensa—. Ahora serán vulgares y despiadados. El cambio no es evolución. Es solo mutación.
Pese a su escepticismo, el PrÃncipe encuentra en Angelica una especie de redención estética. En su sonrisa hay algo de la Sicilia que aún puede soñar. La observa con una mezcla de deseo tardÃo y admiración intelectual. Ella, consciente del impacto que provoca, le ofrece una cercanÃa ambigua, casi sensual. Pero nunca impropia.