El Gatopardo
El Gatopardo La música lo envuelve. Cada nota le recuerda un eco perdido. Cruza el salón, saluda, sonríe, pero su mente flota lejos. En los rostros pintados, en las sonrisas de porcelana, en las miradas vacías, encuentra una belleza agónica. Comprende que está asistiendo al último acto de su estirpe.
Se sienta. Su cuerpo le pesa. Los jóvenes bailan, las risas suenan, pero él ya no forma parte de ese mundo. Lo habita como un espectro. Se pregunta si la eternidad que alguna vez sintió en sus dominios era una ilusión. Si su Dios, su estatus, su legado... no eran más que polvo disfrazado de oro.
Angelica se le acerca, sudorosa, vibrante.
—¿No baila, Príncipe?
—Mi época ya bailó, niña. Y ahora... me observa desde el rincón.
Ella lo besa en la frente, gesto que para él vale más que todos los honores pasados. Porque simboliza el fin. Pero un fin dulce. No la caída, sino la entrega.
Esa noche, mientras regresa solo a su alojamiento, siente que algo se apaga. No es la ciudad, no es el baile... es él. Su rugido interior, su fuego ancestral. El leopardo ya no caza. Solo contempla la lluvia dorada que cae sobre sus ruinas.
Y lo acepta. Con la dignidad de quien ha entendido que hay batallas que no se ganan, solo se comprenden.