El Gatopardo
El Gatopardo Concetta, la mayor, aún guarda rencor a Tancredi por haber preferido a Angelica. En su juventud lo amó en silencio, y ese amor, jamás pronunciado, se ha petrificado en su alma como una daga oxidada. Vive amargada, aunque con dignidad. Una dignidad seca, casi cruel.
—Nosotras somos las guardianas —dice una y otra vez a sus hermanas—. Nadie más velará por los restos de lo que fuimos.
Los muebles, los retratos, las ropas bordadas, todo permanece. Incluso el cuerpo disecado del perro Bendicò, una presencia grotesca que domina el salón como un tótem de un mundo extinto. Pero ninguna de ellas se atreve a tirarlo. Representa el último vestigio del orden antiguo.
Los recuerdos de su padre las visitan como fantasmas. No con ternura, sino con la certeza de que lo mejor se perdió sin resistencia. Que el cambio, cuando llegó, no encontró lucha, sino resignación. Y ahora, ¿qué queda? Nada que importe. Solo apariencias, como una iglesia sin fe.