El Gatopardo
El Gatopardo En una conversación con un sacerdote, Concetta reconoce que algo en ella se ha roto. Su fe ya no es fervor, sino rutina. Su memoria, más carga que consuelo. Guarda todavía cartas, medallas, trozos de tela sagrada. Cree que son reliquias, cuando en realidad son escombros.
El palacio será donado a la Iglesia. Es su única salida. No hay herederos, ni descendencia, ni razón para conservar lo que ya no pertenece a nadie. En el proceso de embalaje, un criado sube a consultar qué hacer con el perro disecado: Bendicò, aquel que fue símbolo viviente del linaje Salina, y que ahora yace en una esquina como un espantajo grotesco.
—Tírenlo —ordena Concetta con voz firme.
Y en ese acto, se consuma el final. El cuerpo de Bendicò, al ser arrojado por la ventana, se deshace en el aire. El polvo vuela. Un rugido seco, casi invisible. Como si la historia entera del príncipe Fabrizio, de sus pasiones, de su lucidez, de su resistencia silenciosa... se disolviera en el viento siciliano.
No hay ceremonia. No hay testigos. Solo una mujer cansada que, al tirar al perro, ha tirado también el último vestigio de grandeza.
Y así, el leopardo muere. No con sangre, ni espada, ni revolución. Muere como mueren los imperios: olvidado, irrelevante, barrido por la escoba del tiempo.
FIN de El Gatopardo