El Gatopardo
El Gatopardo Durante la estancia en Donnafugata, se establecen los mecanismos del nuevo orden que vendrá: el alcalde Don Calogero Sedà ra, un burgués enriquecido, comienza a acercarse peligrosamente a la esfera de la nobleza. Su vulgaridad molesta, pero su dinero es útil. Y el PrÃncipe, aunque lo desprecia, entiende su rol:
—Es el mundo que viene, y Tancredi sabrá cómo tratarlo.
Don Fabrizio observa todo con ojos de astrónomo: distante, lúcido y resignado. Su mirada es la de un hombre que ya no lucha, solo contempla la extinción de su especie. Su esposa, MarÃa Stella, permanece casi invisible; sus hijos, sombras irrelevantes. Solo Tancredi brilla con esa fuerza ambigua entre el oportunismo y la vitalidad.
La tierra, el clima, los silencios… todo en Sicilia parece eterno, pero no lo es. El PrÃncipe lo sabe. Siente que la Historia, esa fuerza impersonal e irreversible, ha empezado a escribirse con tinta nueva. Y su nombre no está en ella.
La decadencia, por ahora, no es ruina. Es una fragancia. Dulce, seductora. Como un perfume espeso en una habitación cerrada. El leopardo aún camina por los corredores. Pero su rugido es ya un eco.