El Gatopardo
El Gatopardo La llegada a Donnafugata marca un aparente regreso al orden, pero es solo fachada. Bajo la superficie, todo está cambiando. El Príncipe y su familia son recibidos con honores por el pueblo, como si fueran aún los indiscutibles señores. El alcalde Sedàra los recibe con exagerada reverencia, sudoroso y mal vestido, símbolo de una burguesía que quiere —y logrará— ocupar el lugar de la nobleza.
Las campanas suenan, los saludos abundan, pero Don Fabrizio no se deja engañar. Camina por los pasillos de su palacio como quien recorre un mausoleo. “Todo esto tiene fecha de caducidad”, parece decir su mirada cansada.
—¿No le parece que el pueblo está particularmente entusiasta este año? —pregunta Tancredi, mientras observa desde un balcón.
—Es miedo —responde el Príncipe—. Miedo a no saber a quién servir mañana.
Tancredi, sin embargo, juega el juego con naturalidad. Joven, hermoso y carismático, su presencia ilumina cada estancia. Pronto, conoce a Angelica Sedàra, la hija del alcalde. La atracción es inmediata. Ella, hermosa y ambiciosa, representa esa energía vulgar pero irresistible de lo nuevo. Y él, inteligente, ve en esa unión algo más que romance: una alianza estratégica.
