El Gatopardo
El Gatopardo —¿La vas a cortejar en serio? —pregunta el Príncipe, con una mezcla de ironía y resignación.
—Tiene dinero, tío. Y algo más —responde Tancredi, sin titubear.
Don Fabrizio comprende la jugada. Angelica es el futuro, aunque huela a perfume barato. Y Tancredi, un Salina por sangre pero un camaleón por instinto, ya ha decidido cómo seguir brillando cuando el sol cambie de sitio.
Mientras tanto, la vida sigue entre comidas opulentas, siestas bajo ventiladores y paseos por jardines quemados por el sol. Pero en cada gesto, en cada conversación, se percibe que el tiempo se ha vuelto un invitado incómodo. Hay algo de desesperación en la ostentación, como si quisieran fijar una eternidad que se escapa.
El Príncipe asiste a una votación sobre la anexión de Sicilia al nuevo Reino de Italia. El resultado es abrumador: victoria de los partidarios de la unión. Pero él sabe que fue manipulado. No hay pasión, solo aceptación pasiva de lo inevitable.
—Nos tratan como idiotas, pero no nos damos cuenta porque estamos demasiado ocupados siendo idiotas —murmura, amargamente.