Los padecimientos del joven Werther
Los padecimientos del joven Werther Llevaba alrededor de media hora entregado a la dulce y melancólica idea de la separación, del reencuentro, cuando los oí subir a la terraza. Corrí hacia ellos, con un estremecimiento tomé su mano y la besé. Acabábamos de ascender cuando la luna apareció detrás de la frondosa loma; hablamos de diversos temas y nos acercamos sin notarlo al oscuro gabinete. Lotte entró y se sentó. Albert se puso a su lado y yo también; sin embargo, mi inquietud no me permitió permanecer sentado mucho tiempo; me levanté, me mantuve de pie ante ellos, paseé arriba y abajo, volví a sentarme; estaba preocupado. Ella llamó nuestra atención sobre el hermoso efecto de la luz de la luna, que al final de las paredes de hayas iluminaba toda la terraza ante nosotros; una magnífica vista que resultaba aún más llamativa porque nos había rodeado una profunda oscuridad. Permanecimos en silencio y tras unos instantes Lotte comenzó a hablar: «Nunca salgo a pasear a la luz de la luna, nunca, sin que me asalte el recuerdo de mis familiares difuntos, sin que me acometa la sensación de la muerte, del futuro. ¡Existiremos en el futuro! —continuó con una voz que revelaba el más excelso sentimiento—, pero, Werther, ¿volveremos a encontrarnos? ¿Nos reconoceremos? ¿Qué es lo que pensáis? ¿Qué opináis?».