Los padecimientos del joven Werther
Los padecimientos del joven Werther ¡Esto es lo que decía! ¡Oh, Wilhelm, cómo repetir sus palabras! ¡Cómo puede la letra fría y sin vida representar este florecimiento celestial del espíritu! Albert la interrumpió con dulzura: «Te afecta demasiado, querida Lotte. Sé que estas ideas están muy arraigadas en tu alma, pero te ruego…». «¡Oh, Albert! —atajó Lotte—, sé que no has olvidado las tardes en las que nos sentábamos junto a la pequeña mesa redonda cuando papá estaba de viaje y habíamos enviado a la cama a los pequeños. A menudo tenías un buen libro y rara vez leías algo. ¿Acaso el trato con este espíritu extraordinario no valía más que cualquier otra cosa? ¡Esa mujer hermosa, dulce, alegre y siempre activa! Dios sabe de las lágrimas con las que me postraba ante Él en mi cama rogando que me hiciera igual que ella».