Los padecimientos del joven Werther
Los padecimientos del joven Werther «¡Lotte! —exclamé arrojándome ante ella, cogiendo su mano y cubriéndola de miles de lágrimas—, ¡Lotte! ¡La bendición de Dios y el espíritu de tu madre descansan sobre ti!». «Si la hubierais conocido —dijo ella apretándome la mano—, ¡merecía que la conocierais!». Creí desmayarme. Nunca nadie me había dedicado palabras más grandiosas, más enorgullecedoras. Y continuó: «¡Y esta mujer tuvo que irse en la flor de la vida, cuando su hijo más joven no tenía ni seis meses de edad! Su enfermedad no duró mucho; estaba tranquila, resignada, sólo sentía dolor por sus hijos, especialmente por el más pequeño. Cerca del final me dijo que se los subiera y yo los llevé ante ella, a los pequeños, que nada sabían, y a los mayores, que estaban conmocionados. Estaban de pie alrededor de su cama y levantaban sus manos y rezaban por ella, y ella los besó uno tras otro y les pidió que se fueran, y me dijo: “¡Sé su madre!”. ¡Yo le di mi palabra! “Estás prometiendo mucho, hija mía —me advirtió—: el corazón de una madre y los ojos de una madre. A menudo he visto en tus lágrimas de agradecimiento que sabes lo que eso significa. Sé fiel y obediente como una esposa con tus hermanos y con tu padre. Tú le servirás de consuelo”. Me preguntó por él, pero había salido para ocultarnos la insoportable preocupación que sentía, porque estaba destrozado.