Los padecimientos del joven Werther
Los padecimientos del joven Werther Se levantó y yo me sentà como si me acabaran de despertar de un sueño, y, conmovido, permanecà sentado sosteniendo su mano. «Vámonos —dijo ella—, ya es hora». Quiso retirar su mano y yo la retuve con más firmeza. «Volveremos a vernos —exclamé—, nos encontraremos, nos reconoceremos bajo cualquier forma. Me voy —prosegu×, me voy voluntariamente; y sin embargo, si dijese que me voy para siempre, no podrÃa mantener mi palabra. ¡Hasta siempre, Lotte! ¡Hasta siempre, Albert! Volveremos a vernos». «Mañana, creo», me respondió ella bromeando. ¡Aquel mañana me dolió! Ay, cuando separó su mano de la mÃa ella no sabÃa… Se alejaron por el paseo, yo permanecà de pie, los vi bajo la luz de la luna y me arrojé al suelo y lloré hasta agotarme, y me levanté de un salto y corrà hasta el borde de la terraza, y aún vi allà bajo la sombra del alto tilo su vestido blanco, que despedÃa una tenue luz tras la puerta del jardÃn. Estiré mis brazos y desapareció.