Almas muertas
Almas muertas Cuando oyó esta llamada, a fin de que la servidumbre no fuera testigo de una escena tan corruptora, y dándose cuenta de que de nada valdría sujetar a Nozdriov, Chichikov disminuyó la presión de sus manos. En este instante llegó Porfiri y detrás de él Pavlushka, un robusto mozo con quien llevaba todas las de perder.
—¿De modo que te niegas a concluir la partida? —inquirió Nozdriov—. ¡Contesta claramente!
—No es posible concluirla —repuso Chichikov volviéndose hacia la ventana. Su coche le esperaba ya a punto. Selifán parecía aguardar una indicación suya para aproximarse al portal. Pero era absolutamente imposible salir de la estancia, con los dos forzudos mozarrones que le cerraban el paso.
—¿Te niegas a concluir la partida? —repitió Nozdriov, cuyo rostro estaba más encendido que la grana.
—La terminaría si tú te condujeras como hombre honrado. Pero así no es posible.
—¡Conque no es posible, miserable! ¡No es posible porque has advertido que llevabas las de perder! ¡Azotadlo! —gritó fuera de sí dirigiéndose a Porfiri y Pavlushka, al mismo tiempo que él empuñaba su larga pipa de cerezo.
Chichikov palideció terriblemente. Intentó decir algo, pero sintió que sus labios se movían sin que de ellos saliera sonido alguno.