Almas muertas

Almas muertas

—¡Azotadlo! —repitió Nozdriov avanzando un paso con la pipa de cerezo en la mano, acalorado y bañado en sudor, como si se dispusiera a asaltar una inexpugnable fortaleza—. ¡Azotadlo! —repitió de nuevo con la misma voz con que, al prepararse para el asalto definitivo, grita a su sección: «¡Adelante, muchachos!», un esforzado teniente tan famoso ya por su valentía que cuando se acerca el momento de una ardua acción sus superiores reciben invariablemente la orden de contenerlo. Sin embargó, el teniente, arrastrado ya por la pasión del combate, no es capaz de entender lo que le dicen. Se imagina estar delante de Suvorov y se precipita a lo más enconado de la lucha. «¡Adelante, muchachos!», sigue gritando mientras avanza, sin pararse a pensar que con su acción desbarata el plan general del asalto, que miles y miles de bocas de fusil asoman por las aspilleras de las inexpugnables murallas, que se alzan hasta las nubes, que su impotente sección será aniquilada y que ya va zumbando por los aires la bala fatal que hará callar su atronadora garganta.







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