Almas muertas
Almas muertas Pero si Nozdriov era la imagen y semejanza del valeroso teniente que se halla fuera de sí, la fortaleza contra la que se dirigía no era precisamente inexpugnable. Por el contrario, la fortaleza estaba de tal modo sitiada por el temor, que su alma se había ocultado en los mismos talones. Ya la silla con la que pensaba defenderse se la habían quitado de las manos los forzudos mozarrones, ya se disponía, más muerto que vivo, con los ojos cerrados, a probar la dureza de la pipa circasiana del propietario. Y Dios sabe lo que habría sucedido. Pero los hados le fueron propicios y contribuyeron a salvar las espaldas, los costados y todas las dignas partes de nuestro protagonista. De pronto, como si hubiera bajado de las nubes, se oyó el tintineo de una campanilla, resonó con toda claridad el estrépito de las ruedas de un coche que se aproximaba al portal, e incluso llegó hasta el mismo aposento el resoplo de los sudorosos caballos cuando se detenían. Instintivamente todos dirigieron sus miradas a la ventana: cierto señor, de espesos bigotes y levita de corte militar, se apeó del coche. Se informó antes en el zaguán y penetró en la estancia en el preciso instante en que Chichikov, sin tiempo para reponerse del susto, ofrecía el más lamentable aspecto en que se viera jamás a un mortal.