Almas muertas
Almas muertas El caballo blanco, sintiéndose curioso, olfateaba a los nuevos amigos que le habían aparecido a ambos lados. Mientras tanto las damas del otro carruaje, con el susto reflejado en la cara, investigaban en torno a ellas. Una era de edad y la otra una jovencita de dieciséis años, de dorada cabellera peinada con mucha gracia. El hermoso óvalo de su cara tenía la misma forma redondeada de un huevo recién puesto y, al igual que él, poseía su misma blancura transparente cuando las morenas manos del ama de llaves lo sacan del ponedero para observarlo al trasluz, frente a los resplandecientes rayos del sol. Sus suaves orejitas eran también transparentes, y se coloreaban con la cálida luz que las atravesaba. La expresión de susto que se advertía en sus labios entreabiertos e inmóviles, y las lágrimas de sus ojos, resultaban tan emotivas, que nuestro héroe la contempló con la mirada fija en ella sin hacer caso alguno del barullo que habían organizado los cocheros y los caballos.
—¡Hazte atrás, imbécil! —gritó con furia el otro cochero.