Almas muertas
Almas muertas Pronto quedó todo envuelto en el silencio, y la posada sumida en un profundo sueño. Sólo continuó iluminada una de las ventanas: la que pertenecía al aposento del teniente que acababa de llegar de Riazán, hombre, por lo visto, que sentía gran afición por las botas altas, ya que eran cuatro pares los que había ya encargado y no dejaba de probarse el quinto. En diversos momentos se aproximó al lecho dispuesto a descalzarse y acostarse, pero no acababa de resolverse: las botas, efectivamente, estaban muy bien cosidas, y todavía se quedó por un buen rato con la pierna en alto y contemplando el excelente tacón.