Almas muertas
Almas muertas Los perros se pusieron a ladrar, el portal se abrió y tragóse por último, aunque no sin trabajo, aquella tosca producción del arte carreteril. El vehículo penetró en un pequeño patio en el que apenas quedaba espacio libre a causa de la aglomeración de leña, gallineros y todo género de jaulas. Del carromato salió una dama: era la viuda del secretario colegiado Korobochka. La vieja, poco después de haber partido nuestro héroe, experimentó el temor de que se la hubiera hecho víctima de un fraude, y habiendo pasado tres noches sin conciliar el sueño resolvió ir a la ciudad, a pesar de que los caballos estaban sin herrar, a fin de enterarse de buena tinta de a qué precio se pagaban las almas muertas. Podría suceder, Dios no lo permitiera, que hubiera incurrido en el error de venderlas por la cuarta parte de su precio.
Las consecuencias de la venida de la señora Korobochka las hallará el lector explicadas en cierta conversación que tuvo lugar entre dos damas. Dicha conversación…, pero valdrá más dejarla para el capítulo que sigue.