Almas muertas
Almas muertas No vendrá mal hacer constar que la señora de Manilov…, pero, lo confieso, me asusta tremendamente hablar de las damas, tanto más que ya comienza a ser hora de volver con nuestros héroes, los cuales se hallaban desde hacÃa varios minutos en la puerta de la sala intentando que el otro pasara primero.
—Hágame el favor, no se tome por mà tanta molestia, yo pasaré detrás de usted —decÃa Chichikov.
—De ningún modo, Pavel Ivanovich, usted es mi invitado —replicaba Manilov, haciendo gestos de que pasara.
—No se moleste, se lo suplico, no se moleste. Tenga la bondad de entrar —continuaba Chichikov.
—No, no insista, no consentiré en pasar delante de un hombre tan culto y tan agradable.
—¿Por qué culto…? Se lo ruego, pase.
—Hágame el favor de pasar primero.
—¿Por qué?
—Porque sà —contestó Manilov con una grata sonrisa.
Por último ambos amigos pasaron a la vez, de lado, con el consiguiente apretón mutuo.
—PermÃtame usted presentarle a mi esposa —dijo Manilov—. Corazón mÃo, éste es Pavel Ivanovich.