Almas muertas
Almas muertas Chichikov pudo contemplar a una dama en la que ni siquiera se había fijado cuando Manilov y él intentaban cederse el paso en la puerta. Su aspecto era muy agradable. Llevaba una bata de seda de color claro que la favorecía mucho. Su delicada y pequeña mano depositó rápidamente algo sobre la mesa y estrujó un pañuelo de batista con sus extremos bordados. Se levantó del diván en que se había sentado y Chichikov, con gran satisfacción, se aproximó a besarle la mano. La señora de Manilov dijo, con un ligero tartamudeo, que se alegraban mucho de su llegada y que no había día en que su marido no hablara de él.
—Sí —añadió Manilov—, ella no dejaba de preguntarme: «¿Por qué no viene ese amigo tuyo?». «Espera, corazón mío, ya verás como vendrá». Y al fin nos ha hecho ahora el honor de visitarnos. De verdad, nos ha dado usted una gran alegría… un día de mayo… una fiesta en el corazón…
Chichikov, al ver que la cosa iba hasta las fiestas en el corazón, se turbó un poco y contestó con suma modestia que su apellido no era famoso y que ni siquiera poseía un rango de importancia.
—Usted lo posee todo —replicó Manilov sonriendo agradablemente—. Usted lo posee todo, e incluso más.