Almas muertas
Almas muertas —¿Qué le ha parecido nuestra ciudad? ¿Le ha gustado? —preguntó la dueña de la casa—. ¿Lo ha pasado bien?
—Es una ciudad magnÃfica, una bella ciudad —repuso Chichikov—, y lo he pasado muy bien. Todos sus habitantes son sumamente amables.
—¿Y qué le parece a usted nuestro gobernador? —prosiguió la señora de Manilov.
—¿No es verdad que se trata de un hombre muy honorable, que es en extremo amable? —añadió Manilov.
—Totalmente cierto —contestó Chichikov—. Es una persona muy honorable. ¡Y hasta qué punto ha llegado a compenetrarse con sus funciones! ¡Cómo las comprende! ¡Ojalá existieran muchos como él!
—¡Cómo sabe recibir a todo el mundo! ¡Con qué delicadeza se comporta siempre! —exclamó Manilov con su agradable sonrisa, y la satisfacción le hizo entornar los ojos del mismo modo que el gato al que le hacen ligeras cosquillas detrás de las orejas.
—Es una persona en extremo agradable —continuó Chichikov—. ¡Y qué habilidad la suya! No lo podÃa imaginar. ¡Cómo sabe bordar! Me enseñó una bolsita que habÃa bordado él; muy pocas señoras podrÃan hacerlo con mejor arte.
—¿Y qué me dice del vicegobernador? ¿No es cierto que es muy simpático? —preguntó entonces Manilov volviendo a entornar los ojos.