Almas muertas
Almas muertas —Es una persona muy respetable, respetabilÃsima —contestó Chichikov.
—Pero permÃtame, ¿qué opina del jefe de policÃa? ¿Verdad que es un señor muy agradable?
—Sumamente agradable. ¡Qué hombre tan inteligente, y qué cultivado!
—Durante toda la noche estuvimos jugando al whist en su casa junto con el presidente de la Cámara y el fiscal. Es una persona muy respetable, respetabilÃsima.
—¿Y qué le parece la esposa del jefe de policÃa? —preguntó la dueña de la casa—. ¿Verdad que es una señora muy simpática y agradable?
—¡Oh! Es una de las mujeres más simpáticas y honorables que he conocido jamás —contestó Chichikov.
Acto seguido le tocó el turno al presidente de la Cámara, al jefe de Correos, y de este modo estuvieron pasando revista a la mayorÃa de los funcionarios de la ciudad, los cuales resultaron todos ser unos hombres respetabilÃsimos.
—¿Residen ustedes siempre en el campo? —preguntó al fin a su vez Chichikov.
—Normalmente vivimos en el campo —repuso Manilov—. En algunas ocasiones nos trasladamos a la ciudad, pero únicamente para disfrutar de la sociedad de gentes cultas. Uno se vuelve salvaje, ¿sabe usted?, cuando se queda siempre encerrado en su casa.